30 noviembre 2009

Kapuściński narrador

''(...) si una fotografía me habla, por una u otra razón, o parece a punto de hablarme, se trata tan sólo de prestar atención a esa fotografía, y sólo a esa fotografía, no a la técnica fotográfica, no a la biografía del fotógrafo, sino a lo que veo en esa fotografía. Se tendría que prestar la misma atención cuando somos testigos de alguna experiencia vivida por otra persona o cuando alguien nos habla. Si prestamos atención, es posible que esa experiencia nos sea transmitida, es posible que esa experiencia le sea transmitida al narrador, al escritor y, luego, a trávés de la atención del lector, vuelva a la vida. Viene de la vida, entra en el circuito de la fotografía, de la escucha, de la observación, de la página, y luego regresa de nuevo a la vida. Si éste es el ciclo, el papel del narrador se convierte en el del portador que traslada algo desde un punto hasta otro.''



Los cínicos no sirven para este oficio, Ryszard Kapuściński

25 noviembre 2009

Pedazos mudos de las noticias

Hoy, de 12:00 a 19:00, rne se ha emitido en nuestra Facultad. Eso significa que hemos vivido desde dentro ‘España directo’, ‘Carne cruda’ y ‘Asuntos propios’. Casi notabas la huella, cada minuto, que se te iba grabando en la piel: sabías que esta experiencia iba a marcarte, sabías que importaba.

‘’ ¿Por qué se obvia la cuestión de que barcos españoles estén pescando en las costas de un país que en realidad no existe como tal?’’ ha sido, creo, la primera bofetada que Vicente Romero ha asestado hoy a todo el periodismo que se ha hecho en torno al Alakrana. Inmediatamente, y sin dejarnos tiempo para digerir, ha continuado lanzando cuestiones tan potentes como la primera. Ha planteado cosas como la falta absoluta de control en las aguas de Somalia (en donde se puede utilizar cualquier tipo de técnica para pescar), el hecho de que no se pague nada a los somalíes ni exista ningún tipo de acuerdo comercial; ha sugerido cómo puede permitirse que un barco supuestamente español pesque allí con bandera de las Seychelles (para evitar así pagar impuestos)…Romero se ha preguntado en voz alta y con todos nosotros qué ha sido de los marineros que, sin ser españoles, estaban a bordo del Alakrana: tripulantes africanos cuyas condiciones laborales desconocemos, ‘’¿tenían siquiera contrato?, ¿dónde han estado durante todo el secuestro?, ¿dónde están ahora?’’.


No podíamos más, realmente no podíamos contenernos. Los aplausos han sido de esos que te dejan enrojecidas las palmas de las manos. Dolían, las manos dolían, pero más dolía que aquello nos estuviera resultando tan excepcional. ¿Por qué, de dónde salen exactamente esa especie de acuerdos invisibles que hacen que de una información X se extraiga un solo pedacito publicable?, ¿qué valor real tiene ese pedazo?, ¿y a qué intereses responde la selección de esa única porción de la historia?


Hace poco alguien me planteó si yo, como directora de un medio de comunicación, publicaría la noticia de que desde que los piratas están en las costas de Somalia se han recuperado en esas aguas especies de peces que se pensaban extinguidas, porque la (sobre)pesca internacional se ha reducido drásticamente. Además, esta región estaba sufriendo un tremendo éxodo debido a la situación de pobreza extrema a que se enfrentaba, y ahora son muchos los que vuelven a casa. ‘’ ¿Podrías hablar de todo eso en un contexto como este, con el Alakrana secuestrado?’’.


Dudé largo rato antes de contestarle que querría poder, aunque lo haría tratando de ofrecer otra visión de aquellas tierras (o mejor, de aquellas aguas), sin así justificar el secuestro. Pero contesté un poco por incontinencia verbal, sin estar segura de a qué trabas habría de enfrentarme. A lo mejor optaría por esperar a que se calmasen las aguas (las políticas, no las somalíes) antes de contar nada que diera buena imagen de los piratas. O no. ¿Esperaría?, ¿debería esperar? Miro unas líneas más arriba, ¿a qué intereses estaría obedeciendo si lo hiciera?


Le he dicho a Vicente Romero, antes de que se marchara, que nosotros intentaríamos hacer un periodismo más valiente. Nosotros, los jóvenes, los que estamos estudiando para contar sólo un trozo de lo que pasa… ¿o para contarlo todo?… quiero pensar que no voy a fallar a mi palabra.

23 noviembre 2009

Se abre el telón/ se enciende la luz roja


Yo no iba a ser periodista. No, y aún así me emociono delante de un micrófono de radio, o hablando con los ojos clavados en la siempre intrusiva y siempre cómplice cámara de televisión. Leo y releo cada texto que escribo. Después, sonrío con la sonrisa de una madre orgullosa, o me tiro de los pelos con la rabia de una madre decepcionada. Es así de intenso, lo prometo. Pero yo no iba a ser periodista.


Intuyo que porque de niña tenía mejor pinta eso de actuar. Ellos y ellas, encima de un escenario o detrás de la pantalla, sin duda brillaban mucho más que aquellos tipos tan serios de corbata ajustada, que esas mujeres de rostro impasible. ‘Son incapaces de conmoverse-pensaba, medio enfadada medio maravillada-mientras nos cuelan muertos entre los espaguetis y el flan’.


El caso es que además de brillar, el teatro resultó estar lleno de máscaras, de escaleras que se caen entre bambalinas, y de codazos. Entonces pensé en eso de la vocación, pensé que de entre todo aquello que me gustaba había algo que sin duda pesaba más que el resto. Pensé que escribo desde que existo (o existo del todo desde que empecé a escribir), y me planteé en qué rincón de qué Universidad podían ayudarme a hacer de la palabra mi oficio.


Di con esto del Periodismo sin mucha convicción. En la primera clase, me enamoré. Hablaban de letras, sí, pero la cosa iba mucho más allá. Estaban enseñándome a mirar, a intentar comprender, a contar desde las propias cosas, a la vez que me obligaban a asumir que la objetividad no existe. Hoy he leído a Cebrián y me ha dicho que 'la vocación debe parecerse a un dolor de estómago, a un cierto mareo o a un orgasmo’. En el caso del Periodismo, habla de curiosidad, de deseo de conocer (como los filósofos) y deseo de contar (como los juglares).


Paro. Lo noto. Sí, se parece a todo eso, me aturde y me embauca, del todo. Tengo que estar, tengo que llenar muchas horas de mi vida de Periodismo, porque de repente se me ocurre que quizás sea mi vocación. Y también porque se me ocurre que puede no serlo, que podría estar haciendo otras cosas y hacerlas mejor o incluso disfrurarlas más y, con todo, me cuesta muy poco sentirme Yo, dar conmigo así: emocionada en la pecera, en el plató, en la redacción. Esto tiene sentido. Tiene tanto sentido que casi querría borrar mi primera frase, o borrar un pedacito y reescribir: ‘Yo, algún día, seré periodista’.