23 noviembre 2009

Se abre el telón/ se enciende la luz roja


Yo no iba a ser periodista. No, y aún así me emociono delante de un micrófono de radio, o hablando con los ojos clavados en la siempre intrusiva y siempre cómplice cámara de televisión. Leo y releo cada texto que escribo. Después, sonrío con la sonrisa de una madre orgullosa, o me tiro de los pelos con la rabia de una madre decepcionada. Es así de intenso, lo prometo. Pero yo no iba a ser periodista.


Intuyo que porque de niña tenía mejor pinta eso de actuar. Ellos y ellas, encima de un escenario o detrás de la pantalla, sin duda brillaban mucho más que aquellos tipos tan serios de corbata ajustada, que esas mujeres de rostro impasible. ‘Son incapaces de conmoverse-pensaba, medio enfadada medio maravillada-mientras nos cuelan muertos entre los espaguetis y el flan’.


El caso es que además de brillar, el teatro resultó estar lleno de máscaras, de escaleras que se caen entre bambalinas, y de codazos. Entonces pensé en eso de la vocación, pensé que de entre todo aquello que me gustaba había algo que sin duda pesaba más que el resto. Pensé que escribo desde que existo (o existo del todo desde que empecé a escribir), y me planteé en qué rincón de qué Universidad podían ayudarme a hacer de la palabra mi oficio.


Di con esto del Periodismo sin mucha convicción. En la primera clase, me enamoré. Hablaban de letras, sí, pero la cosa iba mucho más allá. Estaban enseñándome a mirar, a intentar comprender, a contar desde las propias cosas, a la vez que me obligaban a asumir que la objetividad no existe. Hoy he leído a Cebrián y me ha dicho que 'la vocación debe parecerse a un dolor de estómago, a un cierto mareo o a un orgasmo’. En el caso del Periodismo, habla de curiosidad, de deseo de conocer (como los filósofos) y deseo de contar (como los juglares).


Paro. Lo noto. Sí, se parece a todo eso, me aturde y me embauca, del todo. Tengo que estar, tengo que llenar muchas horas de mi vida de Periodismo, porque de repente se me ocurre que quizás sea mi vocación. Y también porque se me ocurre que puede no serlo, que podría estar haciendo otras cosas y hacerlas mejor o incluso disfrurarlas más y, con todo, me cuesta muy poco sentirme Yo, dar conmigo así: emocionada en la pecera, en el plató, en la redacción. Esto tiene sentido. Tiene tanto sentido que casi querría borrar mi primera frase, o borrar un pedacito y reescribir: ‘Yo, algún día, seré periodista’.

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