16 enero 2010

ENTREVISTA A ALBERTO PÉREZ (Parte lll y última)

P: ¿Qué tipo de cine te gusta más?
R: Últimamente no voy mucho al cine, aunque durante bastantes años acudí a la filmoteca a diario. Me gusta el cine de todas las épocas, pero, si no tuviera más remedio que elegir, me quedaría con Buster Keaton.
P: Eres padre de las letras de muchísimas canciones, así que en cierto modo puedes considerarte escritor. Aparte de ello, ¿escribes textos a los que no acompañas de música?
R: Sí, pero normalmente en prosa, y casi siempre sobre seres que han significado mucho para mí. Los últimos fueron precisamente sobre Carmen, Chicho y mi propia madre, que falleció hace dos años. También he escrito narraciones relacionadas con el escenario, algunas de las cueales están integradas en el espectáculo ''Más allá de la Mandrágora''.
P: Supongo que a lo largo de todos estos años te habrán sometido a montones de interrogatorios de estos a los que ponemos en eufemismo de 'entrevista'. Entenderás que, siendo una figura pública, exista un interés especial por saber de ti pero, ¿hasta qué punto ves justificada esta obligación de desenterrar una y otra vez tu historia, de desvelar episodios íntimos, de comaprtir con cualquiera que lea tus entrevistas tu afición por esto o tu rechazo por aquello?
R: No me molesta. Yo tambiçen he sentido curiosidad en alguna ocasiçon por conocer la vida de ciertos artistas a los que admiraba. Y, por otro lado, no tengo demasiadas cosas que ocultar; vivo con los mismos anhelos que cualquier otra persona: dedicarme a lo que me gusta, viajar y disfrutar de una buena compañía.
P: Acaba de empezar el 210. Supongo que habrá mil planes personales, mil inquietudes a por las que antes o después quieres lanzarte. Pero, no sea que las preguntas íntimas empiecen a molestarte a estas alturas del interrogatorio, ¿en qué andas metido ahora mismo a nivel profesional, y en qué poyectos próximos vamos a poder disfrutar de tu trabajo?
R: Pues, en este momento, ando revisando grabaciones de directo, con intención de editarlas o, quizá, simplemente, subirlas a la red. Pero tengo que dejarlo, porque la carretera me espera.

ENTREVISTA A ALBERTO PÉREZ (Parte II)

P: Imagino que, para poder hablar de músicas lejanas-y aunque esto sólo sea una excusa-habrás viajado bastante. ¿Qué país te ha impresionado más conocer? ¿Qué viajes te han marcado de una forma especial?, ¿Cuál es tu próximo destino?

R: Pues, aunque parezca mentira, “Corazón loco” lo hice sin haber estado nunca en América, aunque sí que tenía relación con su música, a través de los músicos caribeños, brasileños y del cono Sur que pasaron por mi orquesta. En estos últimos años, al actuar en solitario, he viajado mucho, y despacio, por España y Portugal; y no lo cambio por nada. De los viajes por fuera de la península, recuerdo especialmente una gira por Marruecos, mano a mano con el vibrafonista venezolano Alberto Vergara. Y, en cuanto los próximos, acabo de recibir una invitación para cantar a capella por varias ciudades de Colombia, con el espectáculo “Alberto Pérez y su Orquesta Volátil”.

P: En La Mandrágora, con Krahe y Sabina, hicisteis de la música y el humor una fusión perfecta. Pero ‘Más allá de la Mandrágora’, que es, por cierto, el nombre de uno de tus espectáculos posteriores, el humor sigue impregnando muchas de tus creaciones. Encima del escenario cantas frases imposibles que cuentan muchísimas cosas sin hilar -sin embargo-dos sílabas con sentido, lo cual tiene bastante mérito. ¿Cómo llegaste a esa forma tan particular de cantar?

R: Practico el scat -como se le llama en el argot del jazz- desde que tengo uso de razón. Para mí, esta modalidad de canto constituye la simbiosis perfecta entre palabra y música, y, con el tiempo, he ido viendo que lo practicaban muchos de mis músicos favoritos.

P: Y, poniéndonos pejigueros, ¿cómo se sube alguien a un escenario para fabricar carcajadas en el público tras un día de perros?, ¿cómo transformarse en cómico en mitad de un día dramático?

R: Sí, esa es una de las cosas malas de este oficio. Aunque, para mí, lo peor son los catarros; y caen un par de ellos al año.

P: Esa fama de ‘cachondo’, si me permites la expresión, ¿te ha dado problemas a la hora de desarrollar otras músicas en un tono más serio, más formal?

R: No, porque, para bien o para mal, arrastro público de todas las épocas por las que he pasado, y eso hace que en mis espectáculos se combinen los momentos románticos y festivos. Y creo que eso, en el fondo, es lo bueno.

P: Has dicho alguna vez que a ti te falta algo imprescindible para ser artista: la ambición. Esto te ha llevado a moverte por espacios donde la gran industria musical no cabe, y quizás a sentirte mejor entre amigos, tocando en un café, que en grandes giras con escenarios enormes y fans que se quedan afónicos de gritar tu nombre. ¿Supone algo de esto una renuncia para ti?

R: He hecho bastantes giras por circuitos grandes a lo largo de mi vida, y no siento ninguna nostalgia de ellas. En cambio, el viajar solo te permite parar donde quieres, o cambiar de planes sobre la marcha, como, por ejemplo, cuando te encuentras con una chica que te gusta. El pequeño precio a pagar por esta forma de entender el oficio, de espalda a la industria y los grandes medios, es que algunas de las etapas de tu trabajo puedan pasar inadvertidas; pero lo doy por bien empleado. Además, tengo un público fiel, que se mantiene en contacto a través de la red y que me sigue a todas partes. Aquí, Internet trabaja a nuestro favor.

P: Hay varios nombres de ‘grandes’ con quienes has compartido amistad y trabajo. Con la escritora Carmen Martín Gaite fundaste el sello discográfico ‘Avizor Records’. ¿Qué pretendíais ofrecer y a quiénes?, ¿sigue en marcha?

R: Avizor Records se creó para dar a conocer a músicos y poetas jóvenes. Lo financiábamos exclusivamente con los recitales que dábamos juntos, pero, cuando llevábamos publicadas las dos primeras entregas, Carmen falleció. En este momento, el sello no tiene actividad, aunque no descarto el que vuelva a tenerla.

P: Y hablando de Carmen Martín Gaite, ¿qué lee Alberto Pérez?

R: Pues la mayoría de lo que leo está relacionado con los sitios que visito -geografía, historia, costumbres-. Pero casi todos los años releo algún libro clásico, sobre todo de autores españoles del Siglo de Oro. El que más, Cervantes; luego Garcilaso, Fray Luis y San Juan de la Cruz; y, por último, Quevedo y Góngora. Ah, y Lope, que es maravilloso y se me olvidaba. Carmen, por cierto, tenía una memoria prodigiosa, y en los viajes me recitaba versos de todos estos autores y de otros muchos. Y lo hacía magistralmente.

P: Con Chicho Sánchez Ferlosio compusiste, entre otras cosas, la Banda Sonora de la película ‘’Buenaventura Durruti, anarquista’’. Además, has colaborado en diversos proyectos cinematográficos, como tu participación en ‘El viaje a ninguna parte’, del grandísimo Fernando Fernán Gómez. ¿Cómo fue trabajar con él?

R: Fernando era una de las personas más inteligentes que he conocido, de esas que te ven pensar; eso, sí, con unos ataques de mal genio terribles. Yo, afortunadamente, me libré de sus regañinas, y, aparte, me trató siempre con gran respeto; incluso me llegó a llamar en alguna ocasión para consultarme cosas de música. Chicho, por su parte, fue uno de esos seres que te marcan la vida; nos tratamos asiduamente durante 15 años, hasta que él murió. Dejó escritas canciones memorables pero, aparte, sabía de muchas cosas. Tuvo fama de difícil, pero era simplemente porque a cada uno le decía lo que le tenía que decir.


‘’Fernando (Fernán Gómez) era una de las personas más inteligentes que he conocido. Chicho (Sánchez Ferlosio), uno de esos seres que te marcan la vida’’

ALBERTO PÉREZ: ‘’VIVO CON LOS MISMOS ANHELOS QUE CUALQUIER OTRA PERSONA: DEDICARME A LO QUE ME GUSTA, VIAJAR Y DISFRUTAR DE UNA BUENA COMPAÑÍA’’

( Parte I)

En alguna ocasión se le ha llamado ‘el trovador paisajista’, por aquello de que suele saber combinar dos de las cosas que más le gustan: la música y los viajes. Sin embargo, su trayectoria profesional va mucho más allá: es cantante, compositor, guitarrista, editor discográfico, e incluso ha dirigido un programa de radio, ha trabajado cantando en televisión y hasta como actor.


IRENE FERRADAS TORRE-MARÍN

Madrid



Pregunta: De entre todas esas ocupaciones, ¿cuál es la que más te llena, y por qué?

Respuesta: Me gusta todo, porque, en mi caso, todo va unido. Pero, si tuviera que elegir, lo primero sería cantar –sobre todo a capella- y, luego, la radio de madrugada.

P: ¿Cómo convives, en tu día a día, con la música? ¿Qué es lo que más escuchas últimamente?

R: Va por rachas. Hay épocas en las que apenas escucho música, y otras en que lo hago de la mañana a la noche. Estos últimos días he estado escuchando a conjuntos de marimba guatemalteca; y, en general, sobre todo en los momentos de más tranquilidad, escucho a Bach, especialmente sonatas, partitas y suites para violín o chelo solo.

P: Cuando eres tú el que compone, ¿qué o quienes te inspiran?

R: Pues, o una mujer o la propia música; muchas veces hallazgos surgidos en el escenario.

P: Eres un ejemplo de cómo Madrid suele atraer, como un imán, a muchos de los que quieren hacer de su arte un medio de vida. Resides en la capital, pero naciste en Sigüenza. ¿Sientes la nostalgia de aquel que cambia su tierra por el cemento, o Madrid te gusta por encima de sus tonos grises?, ¿crees que al final siempre acaba siendo necesario trasladarse a las grandes ciudades, donde hay mayor actividad cultural, para vivir de hacer arte?

R: Yo tengo la suerte de vivir en el centro de Madrid, pero en un sitio muy tranquilo, donde hasta puedo grabar. En un pueblo, creo que ya no me acostumbraría; me faltaría libertad.

P: Cuando tenías 16 años grabaste tu primera maqueta, con un grupo de pop al que llamasteis ‘Somos’. ¿Qué tal fue eso de llevar pelos largos y cantar en inglés a finales de los 60 y en Sigüenza?

R: Nosotros no fuimos gente demasiado estrafalaria; nuestros ídolos -los Beatles y los Brincos- tampoco lo eran, comparados con otros grupos de la época. Solíamos cantar en español, pero alguna vez nos atrevimos a hacerlo en inglés, aunque sin saber lo que decíamos. Ahora pienso que nuestro público era muy condescendiente.

P: Fue durante tu servicio militar cuando tomaste contacto con músicos guineanos, ¿cómo fue esa experiencia?, ¿y qué queda en ti de ese trato con lo militar, qué relación tienes hoy con todo aquello?

R: En aquel momento, esta experiencia debió de ser bien exótica, pero nosotros no le dábamos importancia. Y eso que, visto ahora, no dejaba de constituir un claro desafío al espíritu militar, pues cantábamos y tocábamos en el mismo cuerpo de guardia. Sigo manteniendo relación con varios de aquellos compañeros, aunque ninguno se acabó dedicando a la música ni, por supuesto, se reenganchó al ejército.

P: Esa primera vivencia con músicos de culturas distintas pudo ser, quizás, lo que despertara en ti el interés por conocer los ritmos de otras partes del mundo. ‘Corazón Loco’, tu programa de Radio3, estaba dedicado a la música afrocubana. ¿Qué tal fue tu paso por la pecera?

R: Fue una experiencia intensa, y un auténtico reto, ya que en aquel momento apenas había material o documentación disponible sobre esta música. La radio, sí me resultaba familiar, porque llevaba años visitando las diferentes emisoras, cantando en directo y hablando con los oyentes. Y, en cuanto a los compañeros, había gente muy valiosa; no sé de quién pudo partir la idea de dinamitar aquello.


08 enero 2010

MORTALIDAD MATERNA: EL ALTO COSTE DE SER POBRE

Probablemente apenas entiendas a qué se refieren cuando dicen ‘anticonceptivos’. Es posible que no hayas escogido al que hoy es tu marido, ni decidas cuándo tener relaciones con él, ni cómo tenerlas. Quizás seas madre de tres o cuatro niños, quizás nunca te planteaste si querías serlo. Tal vez hace un par de meses que no tienes el período, y prefieras pensar que se debe a la anemia o a alguna enfermedad leve antes que asumir un nuevo embarazo. Porque lo que a lo mejor sí sabes, es que cada vez que traes una vida al mundo te estás jugando la tuya. Y morirse asusta.

Puede que seas ella, si eres pobre y vives en un país en desarrollo, o incluso viviendo en los llamados ‘países desarrollados’, si perteneces a una minoría étnica o racial. Puede que seas ella y te conviertas en una de las 1500 mujeres que mueren diariamente debido a complicaciones durante el embarazo o en el parto. En España, como en otros países occidentales, tienes una probabilidad de uno entre 25.000 de que te toque. Sin embargo, en el África subsahariana muere una mujer de cada 26, y en países como Sierra Leona (África occidental) una de cada ocho embarazadas pierde la vida durante el período de gestación o dando a luz.

Seguramente, como ciudadanos y ciudadanas de un país desarrollado, jamás nos hayamos planteado el embarazo como una enfermedad. Pese a ello, cada minuto pierde la vida una mujer en estado. El 99% viven en países empobrecidos. Algunas lo hacen en sus casas sin recibir atención médica, otras fallecen mientras intentan llegar al hospital, y las hay que mueren en los propios hospitales porque llegaron demasiado tarde o no recibieron el tratamiento que necesitaban.

Según informes de organismos de la ONU, en torno a 200 millones de mujeres de todo el mundo siguen sin tener acceso a métodos anticonceptivos y de planificación familiar seguros. Estos organismos han llegado a la conclusión de que aproximadamente una de cada tres muertes derivadas de la maternidad podría evitarse si esas mujeres pudieran decidir si quieren tener hijos, cuántos y cuándo. Pero en muchos casos, sobre todo en aquellos en los que se dan matrimonios de mujeres muy jóvenes con hombres casi siempre más mayores, concertados por las propias familias, son los esposos los que impiden que ellas decidan sobre su propia sexualidad. Son innumerables los casos de mujeres obligadas a mantener relaciones sexuales, y que a menudo no pueden permitirse abandonar al hombre del que dependen ellas y sus hijos, ya que la discriminación educativa y laboral conlleva que no puedan ganarse la vida por sí mismas. Es más, existen alrededor de 50 países que limitan el acceso de las mujeres a solicitar el divorcio. El nivel de desigualdad social entre géneros, en algunos rincones del mundo, llega tales extremos que los proveedores de servicios de salud pueden exigirle a una mujer la autorización de su esposo para obtener anticonceptivos.

Amnistía Internacional denuncia que, a nivel mundial, tres cuartas partes de las personas adultas analfabetas son mujeres. En Tayikistán, por ejemplo, aproximadamente una de cada cinco niñas abandona los estudios a la edad de 13 o 14 años. Las razones de este absentismo escolar están en la necesidad de las familias de elegir quiénes pueden ir y quiénes no a la escuela. Normalmente, porque carecen de recursos suficientes como para costear los materiales del colegio, el transporte hasta el mismo, etc. de todos sus hijos. Por eso, se da prioridad a la educación de los niños, en quienes se confía el futuro de la familia. No sólo es difícil que a las manos de una adolescente tayika llegue un papel en el que se hable de anticonceptivos, de enfermedades de transmisión sexual, de posibles complicaciones durante el parto…sino que, además, resultaría aún más difícil que esa joven sepa leer.

Todo ello favorece numerosos embarazos no deseados. A menudo, en mujeres que viven situaciones de pobreza extrema, lo cual impide que sigan una dieta equilibrada y nutritiva que favorezca el adecuado desarrollo del feto. Para hacernos una idea, siete de cada diez personas que pasan hambre en el mundo son mujeres y niñas. La balanza parece algo desequilibrada. La discriminación es el motivo principal de que esto ocurra: en muchos países ellas no tienen el mismo acceso que los hombres a trabajos remunerados-o con igual salario al de ellos-, a medios de producción, créditos o herencias.
















Lo paradójico de todo esto es que las mujeres producen entre el 60 y el 80 por ciento de los alimentos en los países en desarrollo, mientras que poseen sólo en 1% de la tierra. En algunas zonas de África y Asia, ellas se encargan de la mayor parte del trabajo agrícola. Su pérdida implica en muchísimos casos el empobrecimiento absoluto de las familias, que dependían en gran medida de su trabajo. Además, suelen ser las encargadas del cuidado de los hijos, y resultan más que habituales los abandonos por parte de los padres en situaciones en las que la madre fallece.


José Meneses Salazar, peruano natural de San Juan de Ccarhuacc (provincia de Huancavelica) es un ejemplo de ello. Según contó a Amnistía Internacional, su madre había muerto de parto en 1999, cuando él tenía 15 años. La mujer, que ya era madre de 8 hijos, no había querido ir a las revisiones del centro de salud por temor a que el personal la tratase mal. Cuando se puso de parto, la matrona del puesto de salud más cercano a su domicilio se encontraba de permiso, por lo que el padre de José y otros familiares tuvieron que atender solos el nacimiento. Tras dar a luz una niña, la madre no expulsó la placenta y no supieron qué hacer para ayudarla. Dos horas después estaba muerta.

La recién nacida sobrevivió, pero el padre de José los abandonó. Él, como hermano mayor, tuvo que dejar los estudios para responsabilizarse de su familia. Una de sus hermanas también abandonó el colegio para colaborar en casa, por lo que hoy es prácticamente analfabeta. José denunció a Amnistía Internacional que los centros de salud necesitan con urgencia más personal y equipo.












El problema de la falta de medios en los hospitales de países empobrecidos tiene su razón de ser en la falta de recursos económicos de los mismos. Este es un hecho que no sólo afecta a la sanidad, sino que abarca todos los ámbitos sociales de lugares en los que sobrevivir es todo un reto, y ‘vivir bien’ casi utópico. Sin embargo, redistribuyendo de forma más efectiva la riqueza podría atenderse con mayor eficacia la salud de sus ciudadanos, y así ganar en calidad de vida. Como consecuencia directa mejoraría el rendimiento de los trabajadores y, con ello, se podría fomentar un crecimiento económico desde dentro. No se trata de una fórmula secreta que pueda erradicar la pobreza, pero para que dejen de morir mujeres embarazadas por no contar con médicos que las atiendan, es necesario que los gobiernos asuman que la sanidad ha de ser pública, y es su responsabilidad. Su privatización en países en desarrollo limita enormemente el acceso a los servicios de salud al grueso de la población.


Además, ser mujer y estar embarazada en un hospital de Sierra Leona, por ejemplo, no es ni de lejos una situación agradable. Es frecuente que el personal sanitario de por sentado que las mujeres son ignorantes y no las informe ni consulte con respecto a la atención que necesitan. Esto también favorece que ellas se muestren reacias a acudir a centros de salud, temiendo recibir un trato vejatorio.


Aquellas que viven en zonas rurales tienen el obstáculo adicional de que no existan centros de salud cercanos, adecuados y con personal competente. Asimismo, el coste del transporte puede ser prohibitivo, o las rutas intransitables. Las que logran llegar a los hospitales para dar a luz se enfrentan a la posibilidad de perder la vida por no poder pagar operaciones de emergencia, como puede ser una cesárea o una transfusión de sangre. No es de extrañar, teniendo en cuenta que más de 1.000 millones de personas viven actualmente en la pobreza extrema (con menos de un dólar estadounidense al día), y el 70% son mujeres.


Existen, además, complicaciones para las embarazadas que han sido objeto de mutilación genital y otras formas de violencia física, ya que quedan con cicatrices y secuelas que pueden aumentar los riesgos. Actualmente, las estadísticas apuntan a que las prácticas de ablaciones afecten a unos 135 millones de niñas y mujeres en el mundo. Estas mutilaciones se llevan a cabo a niñas de edades cada vez más tempranas, para evitar que sean suficientemente maduras como para juzgarlo por sí mismas y oponerse. Según UNICEF, ‘’las niñas mutiladas padecerán durante toda su vida problemas de salud irreversibles’’. Estas prácticas son un ejemplo más de la violencia que sufren las mujeres, de su falta de autonomía sexual y reproductiva, especialmente en los países en vías de desarrollo. Las excusas sobre las que se asientan las ablaciones de clítoris son sexuales, sociológicas, religiosas…y, curiosamente, de salud: se piensa que aumentan la fertilidad y hacen el parto más seguro. Lejos de esto, la ablación del clítoris incrementa notablemente el riesgo de sufrir hemorragias e infecciones durante el parto.


Las mujeres con VIH son las que corren mayor peligro de muerte derivada de la maternidad, en parte debido a que tienen más posibilidades de contraer infecciones. Si bien existen tratamientos antirretrovirales para prevenir el contagio de las mujeres VIH positivas embarazadas a sus hijos, el sida sigue siendo a nivel mundial la principal causa de mortalidad entre las mujeres en edad fecunda. Según la OMS, a finales de 2005 existían en torno a 17.5 millones de mujeres infectadas por el VIH en todo el mundo. En ese mismo año se dieron alrededor de 700.000 casos de niños infectados por el sida. Cerca del 90% contrajeron la enfermedad de sus madres durante el embarazo y el parto, o durante el período de lactancia (a través de la leche materna).

Todo esto lleva a que cada año se produzcan hasta 19 millones de abortos en condiciones peligrosas, que causan en torno a 68.000 muertes de mujeres por complicaciones clínicas. Además de que, tras un aborto, las que logren sobrevivir pueden verse sancionadas penalmente. En Nicaragua, por ejemplo, el aborto es ilegal incluso en casos de violación, incesto o embarazo de riesgo para la mujer. El Código Penal nicaragüense establece penas de prisión para aquellas que buscan un aborto y para los profesionales de la salud que prestan este servicio. Se castiga, incluso, a mujeres y niñas que han sufrido abortos involuntarios, ya que en muchos casos es imposible distinguir el aborto espontáneo del inducido. De ahí el vertiginoso aumento que se dio en 2008 de suicidios por consumo de veneno en adolescentes embarazadas.

El Objetivo de Desarrollo del Milenio número 5 de la ONU pretende lograr que la mortalidad materna se haya reducido en un 75%, para el 2015, con respecto al índice de 1990. Conseguirlo costaría aproximadamente 6.000 millones de dólares estadounidenses anuales. La cifra puede parecer elevada, pero quizás resulte más razonable si la comparamos, por ejemplo, con los más de 9.000 millones de dólares que alcanzó la producción de helados en Estados Unidos en el año 2005, según datos del Annual Survey of Manufactures norteamericano. Con todo, y pese a ser un tema tratado entre los Objetivos del Milenio, son pocos los países que están avanzando hacia su cumplimiento, y el índice de mortalidad materna apenas ha variado en los últimos 20 años.

Probablemente apenas entiendas lo que hay escrito en estas páginas. Es posible que no hayas escogido al que hoy es tu marido, ni decidas cuándo tener relaciones con él, ni cómo tenerlas. Quizás seas madre de tres o cuatro niños, quizás nunca te planteaste si querías serlo. Tal vez hace un par de meses que no tienes el período, y estás asustada. Seguramente, lo último que quieres escuchar cuando anuncies tu embarazo sea ‘enhorabuena’. Cruzas los dedos, y confías en que traer una vida más al mundo no signifique, o no todavía, renunciar a la tuya.

(Fotografías de la exposición virtual 'Derecho a la salud' de http://www.es.amnesty.org/)

Géneros periodísticos


Cuando hablamos de géneros, la asociación mental de estos con términos como ‘separar’, o mejor ‘clasificar’, es inevitable. Muchos géneros son un invento humano, y surgieron como respuesta a nuestro afán de ordenar cuanto nos rodea, incluso (o sobre todo) nuestras propias creaciones. Nos pasamos la vida etiquetando: esta película es una comedia, lo último que escribió fue una novela de aventuras, eso es rock progresivo y aquella mujer es bisexual. Sí, son etiquetas algo tontas, todas ellas, porque la realidad va mucho más allá, trasciende los límites clarísimos de la palabra y hace gala constante de un eclecticismo que a veces parecemos eludir, antojándosenos demasiado caótico.


En el Periodismo ocurre algo similar. Durante el siglo XlX tenía un carácter marcadamente opinativo. Ya en el XX, fue adquiriendo un tono más serio, más formal, que pretendía informar lo más objetivamente posible de cada acontecimiento. Eran tiempos dorados para el oficio del periodista, y todos nosotros decidimos encasillarle como alguien ‘sensato’, ‘íntegro’, casi como a una ‘eminencia’. Escribimos todos estos adjetivos en pegatinas sobrias y con letra Times New Roman. Las pegamos en sus frentes o en sus carpetas de cartón. Entendíamos que el periodista o bien informaba o bien opinaba, y ambas opciones eran válidas, pero no combinables en un mismo texto.


¿Y luego? Luego las corbatas y las camisas con botones hasta el cuello fueron apretando demasiado a los y las periodistas, que decidieron que ‘las cosas’ iban mucho más allá de sí mismas, que entendieron que su trabajo consistía en interpretarlas más que en describirle al espectador el envoltorio de lo que veían (que no es sino lo que cualquiera puede ver). Luego nacieron mil y un formatos que se alejaban del papel, de las ondas, incluso de la pantalla de la televisión. Luego, además, ocurrieron fenómenos extraños como la construcción de una casa con muchas cámaras a modo de tabique, donde podías residir una temporada y después sentarte en un plató en el que te llamarían ‘periodista’.


En ciertos aspectos para bien (en otros ya se ve que no tanto), y como es lógico, el Periodismo no ha dejado de evolucionar, de mutar, de enriquecerse y de estropearse. De diversificarse. Pero sobre todo, en este proceso ha ido aprendiendo y aprehendiendo de la vida, para así tratar de contárnosla lo mejor posible a la cada vez más curiosa masa de personas que pasamos por ella sin acabar de entenderla. Si nos tratamos de aferrar a la Teoría de los Géneros como una ley rígida y única, que establece fronteras infranqueables entre un artículo de opinión y una noticia, es casi seguro que no encontremos su ejemplo en las páginas de ningún periódico. Sin embargo, si hacemos un esfuerzo por renovarnos y consideramos esta teoría como una guía útil, práctica al tiempo que moldeable, probablemente nos demos cuenta de que en el fondo seguimos pegados a las etiquetas: sólo hemos creado unas cuantas nuevas para dar nombre a nuestras mezclas.

El precio de la verdad

(Reflexión sobre la película 'El precio de la verdad' (Shattered Glass), dirigida por Billy Ray)
La fama corrompe, eso lo sabemos todos. Y el reconocimiento externo va inflando nuestros egos hasta convertirnos en adictos. Cómo no va a gustarnos gustar: cuando lo hacemos nos están aprobando, y eso significa que valemos la pena. Porque también sabemos todos que, en gran medida, nos construimos en base a lo que los demás nos dicen que somos. Ellos son espejos llenos de rugosidades: todos sus filtros los vuelven o cóncavos o convexos. Sin embargo, solemos pasarlo por alto y creerlos planos, fieles. Te conoces a solas, te analizas, y sales a la calle con la mitad de tí mismo/a ya definida. Pero te queda otra media, y ahí esta ese chico que te sonríe (está dibujándote atractivo/a), o aquella que te repasa de arriba abajo con desaprobación: vas mal vestido/a.

No, no debería ser así, o no tanto. Pero a Stephen Glass todos los ojos le dicen ‘te admiro’. Cada reconocimiento externo supone una inyección de autoestima. Y, con todo, nunca olvida esa hipócrita modestia con que concluye sus propuestas: ‘sí, ya sé que es una tontería…’.


Escribe para The New Republic y ya ha aprendido cómo funciona el medio: vive en sus entrañas. Sabe que es importante tener fuentes fiables, pero también que cada redactor se encarga de elaborar sus propias notas y que, de revisarse su trabajo, son sus notas las que se leerán, sin acudir necesariamente a la fuente. Y decíamos, también, que la fama corrompe. El poder corrompe.

Stephen cuenta con el inmenso poder que te dan el respeto y el cariño de tus compañeros, la confianza de los lectores. Un poder que puede, incluso, llegar a hacerte más fuerte que tu jefe. Pero su afán de ofrecer el reportaje más jugoso hace que pronto olvide la ética profesional, probablemente sin ser del todo consciente de que es eso lo que hace (‘sólo cambio algunos detalles’, ‘sólo adorno esta noticia’…’sólo cuento algo que podría haber pasado perfectamente’, pueden ser algunas de sus ideas para auto-justificarse).

Y es tan peligroso jugar con mentiras dentro de un medio de comunicación, que todo el ego acumulado se torna a pánico al ver cómo ‘Stephen el triunfador’ se desmorona. No existe esa historia, no existe ese hacker, no debería existir ese reportaje que se ha publicado como verídico. Así que los espejos empiezan a curvarse, a devolverle una imagen imperfecta y espantosa de sí mismo. ‘Estás despedido, Stephen’, y dudo que siquiera entonces el joven cuenta cuentos entienda el valor de decir la verdad, concentrado en su resentimiento para con todos esos reflejos que ya no valoran su ingenio.