08 enero 2010

El precio de la verdad

(Reflexión sobre la película 'El precio de la verdad' (Shattered Glass), dirigida por Billy Ray)
La fama corrompe, eso lo sabemos todos. Y el reconocimiento externo va inflando nuestros egos hasta convertirnos en adictos. Cómo no va a gustarnos gustar: cuando lo hacemos nos están aprobando, y eso significa que valemos la pena. Porque también sabemos todos que, en gran medida, nos construimos en base a lo que los demás nos dicen que somos. Ellos son espejos llenos de rugosidades: todos sus filtros los vuelven o cóncavos o convexos. Sin embargo, solemos pasarlo por alto y creerlos planos, fieles. Te conoces a solas, te analizas, y sales a la calle con la mitad de tí mismo/a ya definida. Pero te queda otra media, y ahí esta ese chico que te sonríe (está dibujándote atractivo/a), o aquella que te repasa de arriba abajo con desaprobación: vas mal vestido/a.

No, no debería ser así, o no tanto. Pero a Stephen Glass todos los ojos le dicen ‘te admiro’. Cada reconocimiento externo supone una inyección de autoestima. Y, con todo, nunca olvida esa hipócrita modestia con que concluye sus propuestas: ‘sí, ya sé que es una tontería…’.


Escribe para The New Republic y ya ha aprendido cómo funciona el medio: vive en sus entrañas. Sabe que es importante tener fuentes fiables, pero también que cada redactor se encarga de elaborar sus propias notas y que, de revisarse su trabajo, son sus notas las que se leerán, sin acudir necesariamente a la fuente. Y decíamos, también, que la fama corrompe. El poder corrompe.

Stephen cuenta con el inmenso poder que te dan el respeto y el cariño de tus compañeros, la confianza de los lectores. Un poder que puede, incluso, llegar a hacerte más fuerte que tu jefe. Pero su afán de ofrecer el reportaje más jugoso hace que pronto olvide la ética profesional, probablemente sin ser del todo consciente de que es eso lo que hace (‘sólo cambio algunos detalles’, ‘sólo adorno esta noticia’…’sólo cuento algo que podría haber pasado perfectamente’, pueden ser algunas de sus ideas para auto-justificarse).

Y es tan peligroso jugar con mentiras dentro de un medio de comunicación, que todo el ego acumulado se torna a pánico al ver cómo ‘Stephen el triunfador’ se desmorona. No existe esa historia, no existe ese hacker, no debería existir ese reportaje que se ha publicado como verídico. Así que los espejos empiezan a curvarse, a devolverle una imagen imperfecta y espantosa de sí mismo. ‘Estás despedido, Stephen’, y dudo que siquiera entonces el joven cuenta cuentos entienda el valor de decir la verdad, concentrado en su resentimiento para con todos esos reflejos que ya no valoran su ingenio.


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