08 enero 2010

MORTALIDAD MATERNA: EL ALTO COSTE DE SER POBRE

Probablemente apenas entiendas a qué se refieren cuando dicen ‘anticonceptivos’. Es posible que no hayas escogido al que hoy es tu marido, ni decidas cuándo tener relaciones con él, ni cómo tenerlas. Quizás seas madre de tres o cuatro niños, quizás nunca te planteaste si querías serlo. Tal vez hace un par de meses que no tienes el período, y prefieras pensar que se debe a la anemia o a alguna enfermedad leve antes que asumir un nuevo embarazo. Porque lo que a lo mejor sí sabes, es que cada vez que traes una vida al mundo te estás jugando la tuya. Y morirse asusta.

Puede que seas ella, si eres pobre y vives en un país en desarrollo, o incluso viviendo en los llamados ‘países desarrollados’, si perteneces a una minoría étnica o racial. Puede que seas ella y te conviertas en una de las 1500 mujeres que mueren diariamente debido a complicaciones durante el embarazo o en el parto. En España, como en otros países occidentales, tienes una probabilidad de uno entre 25.000 de que te toque. Sin embargo, en el África subsahariana muere una mujer de cada 26, y en países como Sierra Leona (África occidental) una de cada ocho embarazadas pierde la vida durante el período de gestación o dando a luz.

Seguramente, como ciudadanos y ciudadanas de un país desarrollado, jamás nos hayamos planteado el embarazo como una enfermedad. Pese a ello, cada minuto pierde la vida una mujer en estado. El 99% viven en países empobrecidos. Algunas lo hacen en sus casas sin recibir atención médica, otras fallecen mientras intentan llegar al hospital, y las hay que mueren en los propios hospitales porque llegaron demasiado tarde o no recibieron el tratamiento que necesitaban.

Según informes de organismos de la ONU, en torno a 200 millones de mujeres de todo el mundo siguen sin tener acceso a métodos anticonceptivos y de planificación familiar seguros. Estos organismos han llegado a la conclusión de que aproximadamente una de cada tres muertes derivadas de la maternidad podría evitarse si esas mujeres pudieran decidir si quieren tener hijos, cuántos y cuándo. Pero en muchos casos, sobre todo en aquellos en los que se dan matrimonios de mujeres muy jóvenes con hombres casi siempre más mayores, concertados por las propias familias, son los esposos los que impiden que ellas decidan sobre su propia sexualidad. Son innumerables los casos de mujeres obligadas a mantener relaciones sexuales, y que a menudo no pueden permitirse abandonar al hombre del que dependen ellas y sus hijos, ya que la discriminación educativa y laboral conlleva que no puedan ganarse la vida por sí mismas. Es más, existen alrededor de 50 países que limitan el acceso de las mujeres a solicitar el divorcio. El nivel de desigualdad social entre géneros, en algunos rincones del mundo, llega tales extremos que los proveedores de servicios de salud pueden exigirle a una mujer la autorización de su esposo para obtener anticonceptivos.

Amnistía Internacional denuncia que, a nivel mundial, tres cuartas partes de las personas adultas analfabetas son mujeres. En Tayikistán, por ejemplo, aproximadamente una de cada cinco niñas abandona los estudios a la edad de 13 o 14 años. Las razones de este absentismo escolar están en la necesidad de las familias de elegir quiénes pueden ir y quiénes no a la escuela. Normalmente, porque carecen de recursos suficientes como para costear los materiales del colegio, el transporte hasta el mismo, etc. de todos sus hijos. Por eso, se da prioridad a la educación de los niños, en quienes se confía el futuro de la familia. No sólo es difícil que a las manos de una adolescente tayika llegue un papel en el que se hable de anticonceptivos, de enfermedades de transmisión sexual, de posibles complicaciones durante el parto…sino que, además, resultaría aún más difícil que esa joven sepa leer.

Todo ello favorece numerosos embarazos no deseados. A menudo, en mujeres que viven situaciones de pobreza extrema, lo cual impide que sigan una dieta equilibrada y nutritiva que favorezca el adecuado desarrollo del feto. Para hacernos una idea, siete de cada diez personas que pasan hambre en el mundo son mujeres y niñas. La balanza parece algo desequilibrada. La discriminación es el motivo principal de que esto ocurra: en muchos países ellas no tienen el mismo acceso que los hombres a trabajos remunerados-o con igual salario al de ellos-, a medios de producción, créditos o herencias.
















Lo paradójico de todo esto es que las mujeres producen entre el 60 y el 80 por ciento de los alimentos en los países en desarrollo, mientras que poseen sólo en 1% de la tierra. En algunas zonas de África y Asia, ellas se encargan de la mayor parte del trabajo agrícola. Su pérdida implica en muchísimos casos el empobrecimiento absoluto de las familias, que dependían en gran medida de su trabajo. Además, suelen ser las encargadas del cuidado de los hijos, y resultan más que habituales los abandonos por parte de los padres en situaciones en las que la madre fallece.


José Meneses Salazar, peruano natural de San Juan de Ccarhuacc (provincia de Huancavelica) es un ejemplo de ello. Según contó a Amnistía Internacional, su madre había muerto de parto en 1999, cuando él tenía 15 años. La mujer, que ya era madre de 8 hijos, no había querido ir a las revisiones del centro de salud por temor a que el personal la tratase mal. Cuando se puso de parto, la matrona del puesto de salud más cercano a su domicilio se encontraba de permiso, por lo que el padre de José y otros familiares tuvieron que atender solos el nacimiento. Tras dar a luz una niña, la madre no expulsó la placenta y no supieron qué hacer para ayudarla. Dos horas después estaba muerta.

La recién nacida sobrevivió, pero el padre de José los abandonó. Él, como hermano mayor, tuvo que dejar los estudios para responsabilizarse de su familia. Una de sus hermanas también abandonó el colegio para colaborar en casa, por lo que hoy es prácticamente analfabeta. José denunció a Amnistía Internacional que los centros de salud necesitan con urgencia más personal y equipo.












El problema de la falta de medios en los hospitales de países empobrecidos tiene su razón de ser en la falta de recursos económicos de los mismos. Este es un hecho que no sólo afecta a la sanidad, sino que abarca todos los ámbitos sociales de lugares en los que sobrevivir es todo un reto, y ‘vivir bien’ casi utópico. Sin embargo, redistribuyendo de forma más efectiva la riqueza podría atenderse con mayor eficacia la salud de sus ciudadanos, y así ganar en calidad de vida. Como consecuencia directa mejoraría el rendimiento de los trabajadores y, con ello, se podría fomentar un crecimiento económico desde dentro. No se trata de una fórmula secreta que pueda erradicar la pobreza, pero para que dejen de morir mujeres embarazadas por no contar con médicos que las atiendan, es necesario que los gobiernos asuman que la sanidad ha de ser pública, y es su responsabilidad. Su privatización en países en desarrollo limita enormemente el acceso a los servicios de salud al grueso de la población.


Además, ser mujer y estar embarazada en un hospital de Sierra Leona, por ejemplo, no es ni de lejos una situación agradable. Es frecuente que el personal sanitario de por sentado que las mujeres son ignorantes y no las informe ni consulte con respecto a la atención que necesitan. Esto también favorece que ellas se muestren reacias a acudir a centros de salud, temiendo recibir un trato vejatorio.


Aquellas que viven en zonas rurales tienen el obstáculo adicional de que no existan centros de salud cercanos, adecuados y con personal competente. Asimismo, el coste del transporte puede ser prohibitivo, o las rutas intransitables. Las que logran llegar a los hospitales para dar a luz se enfrentan a la posibilidad de perder la vida por no poder pagar operaciones de emergencia, como puede ser una cesárea o una transfusión de sangre. No es de extrañar, teniendo en cuenta que más de 1.000 millones de personas viven actualmente en la pobreza extrema (con menos de un dólar estadounidense al día), y el 70% son mujeres.


Existen, además, complicaciones para las embarazadas que han sido objeto de mutilación genital y otras formas de violencia física, ya que quedan con cicatrices y secuelas que pueden aumentar los riesgos. Actualmente, las estadísticas apuntan a que las prácticas de ablaciones afecten a unos 135 millones de niñas y mujeres en el mundo. Estas mutilaciones se llevan a cabo a niñas de edades cada vez más tempranas, para evitar que sean suficientemente maduras como para juzgarlo por sí mismas y oponerse. Según UNICEF, ‘’las niñas mutiladas padecerán durante toda su vida problemas de salud irreversibles’’. Estas prácticas son un ejemplo más de la violencia que sufren las mujeres, de su falta de autonomía sexual y reproductiva, especialmente en los países en vías de desarrollo. Las excusas sobre las que se asientan las ablaciones de clítoris son sexuales, sociológicas, religiosas…y, curiosamente, de salud: se piensa que aumentan la fertilidad y hacen el parto más seguro. Lejos de esto, la ablación del clítoris incrementa notablemente el riesgo de sufrir hemorragias e infecciones durante el parto.


Las mujeres con VIH son las que corren mayor peligro de muerte derivada de la maternidad, en parte debido a que tienen más posibilidades de contraer infecciones. Si bien existen tratamientos antirretrovirales para prevenir el contagio de las mujeres VIH positivas embarazadas a sus hijos, el sida sigue siendo a nivel mundial la principal causa de mortalidad entre las mujeres en edad fecunda. Según la OMS, a finales de 2005 existían en torno a 17.5 millones de mujeres infectadas por el VIH en todo el mundo. En ese mismo año se dieron alrededor de 700.000 casos de niños infectados por el sida. Cerca del 90% contrajeron la enfermedad de sus madres durante el embarazo y el parto, o durante el período de lactancia (a través de la leche materna).

Todo esto lleva a que cada año se produzcan hasta 19 millones de abortos en condiciones peligrosas, que causan en torno a 68.000 muertes de mujeres por complicaciones clínicas. Además de que, tras un aborto, las que logren sobrevivir pueden verse sancionadas penalmente. En Nicaragua, por ejemplo, el aborto es ilegal incluso en casos de violación, incesto o embarazo de riesgo para la mujer. El Código Penal nicaragüense establece penas de prisión para aquellas que buscan un aborto y para los profesionales de la salud que prestan este servicio. Se castiga, incluso, a mujeres y niñas que han sufrido abortos involuntarios, ya que en muchos casos es imposible distinguir el aborto espontáneo del inducido. De ahí el vertiginoso aumento que se dio en 2008 de suicidios por consumo de veneno en adolescentes embarazadas.

El Objetivo de Desarrollo del Milenio número 5 de la ONU pretende lograr que la mortalidad materna se haya reducido en un 75%, para el 2015, con respecto al índice de 1990. Conseguirlo costaría aproximadamente 6.000 millones de dólares estadounidenses anuales. La cifra puede parecer elevada, pero quizás resulte más razonable si la comparamos, por ejemplo, con los más de 9.000 millones de dólares que alcanzó la producción de helados en Estados Unidos en el año 2005, según datos del Annual Survey of Manufactures norteamericano. Con todo, y pese a ser un tema tratado entre los Objetivos del Milenio, son pocos los países que están avanzando hacia su cumplimiento, y el índice de mortalidad materna apenas ha variado en los últimos 20 años.

Probablemente apenas entiendas lo que hay escrito en estas páginas. Es posible que no hayas escogido al que hoy es tu marido, ni decidas cuándo tener relaciones con él, ni cómo tenerlas. Quizás seas madre de tres o cuatro niños, quizás nunca te planteaste si querías serlo. Tal vez hace un par de meses que no tienes el período, y estás asustada. Seguramente, lo último que quieres escuchar cuando anuncies tu embarazo sea ‘enhorabuena’. Cruzas los dedos, y confías en que traer una vida más al mundo no signifique, o no todavía, renunciar a la tuya.

(Fotografías de la exposición virtual 'Derecho a la salud' de http://www.es.amnesty.org/)

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