09 marzo 2010

PRESENTACIÓN DE LA PRIMERA NOVELA DE JULIO CÉSAR ÁLVAREZ: ''EL TIEMPO NOS VA DESNUDANDO''


Sábado, 6 de Marzo de 2010

Julio César Álvarez(izda) y Santiago A. López Navia (drcha). Foto: Irene Ferradas

IRENE FERRADAS TORRE-MARÍN

Madrid

Son las ocho de la tarde y en la calle San Vicente Ferrer, número 34, hay libros que cuelgan del techo y una palmera en miniatura. Estamos en la librería Tres Rosas Amarillas de Madrid. Aquí, en pleno corazón de la ciudad, hoy tendrá lugar la presentación del primer libro del joven leonés Julio César Álvarez: El tiempo nos va desnudando. Amigos, aficionados a estos eventos y algún que otro transeúnte curioso, van dejando atrás el frío y la lluvia para refugiarse entre las altísimas estanterías repletas de libros. Julio lleva puestos un traje y muchas ganas de contarnos. Además de esta primera novela, publica con asiduidad textos propios en su blog: ‘Respirar descontento, aproximaciones a Julio César Álvarez’. En ellos no logra-o no intenta-disimular que, además de escritor, es psicólogo. Analiza la sociedad desde su cine, su literatura, habla de política y hasta de economía, elogia a Modigliani…pero hoy no está aquí para hablar de eso, ni de la publicación cultural gratuita que fundó y que dirige en León, ‘Azul eléctrico’. Sobre la mesa hay tres ejemplares de su novela recién nacida. Delante de cada libro, una rosa amarilla. El reloj de la librería recuerda a las antiguas estaciones de tren, y nos indica que ya pasan de y media. Presentador y autor toman asiento, y el silencio se acomoda, expectante, en las gargantas del público.


El poeta Santiago Alfonso López Navia, especializado en retórica y antiguo profesor de literatura de Julio César Álvarez, hará las veces de presentador del evento. Nada más comenzar, declara solemne su más sincera amistad hacia Julio, ''a quien quiero y admiro'' desde hace ya trece años, asegura, y se define como un auténtico privilegiado por haber sido uno de los primeros lectores de esta novela, además de su prologuista.

López Navia recuerda los años en que Julio fue alumnos suyo, y le describe como una persona que distaba mucho de ser convencional. Se trataba de un estudiante que destacaba, sin duda, por su ''ambición intelectual''. Esa ambición le llevó a dirigir la revista ‘Azul eléctrico’, ''una revista muy rara'' que aborda diversos temas relacionados con el arte y la creatividad en general. Así, López Navia ensalza a César Álvarez como impulsor de creadores, más allá de su propia labor como creador.

El tiempo nos va desnudando, que, según nos desvela el presentador, primero se llamó Desnudo en tres partes, ''es una novela cuya lectura nos revela, sobre todo, experiencias en plural''. Estas son a veces intensas, emotivas, sorprendentes, y concitan en el lector ''ya no sólo adhesión, si no una empatía muy grata''. Entre sus páginas cualquiera de nosotros puede sentirse identificado, y entender que no se nos está hablando de un suceso concreto, si no de una suma de vivencias cotidianas que, en cierta medida, son también nuestras. ''Es una novela experiencial-afirma-, no de experiencia''.
La frase que inicia El tiempo nos va desnudando es: ''Lo recuerdo perfectamente. Tenía menos de catorce años y aquella persona lo significaba todo para mí’’. Y, en la última de sus páginas, la última de sus líneas, lleva escrito: ''Tengo veintiún años''. López Navia parece sentirse de pronto en el aula ante un grupo de alumnos, y nos explica las diferencias entre autor y narrador, para después confesar que los que conocen a este joven escritor enseguida descubren que, pese a todo, ''hay mucho de autobiográfico'' en su obra.

Como lector, el presentador del acto destaca varias ‘’claves principales’’ del libro: en primer lugar, una enorme honestidad. ''Esto puede entenderse desde el riesgo de contarse (a uno mismo), lo cual implica tomar precauciones u obviarlas''. En este caso, Julio César Álvarez obvia todas esas precauciones para ''lanzarse a pecho descubierto a medida que el tiempo se lo exige''. En segundo término, El tiempo nos va desnudando ''está cargada de referencias culturales propias de nuestro tiempo''. El presentador describe al autor como un hombre enormemente culto, y bromea: ''ha leído muy por encima de la media en este país, lo cual tampoco es que sea muy difícil''. La tercera clave que López Navia encuentra en esta novela es que posee un estilo muy trabajado, nada común, que se pone en evidencia cuando observamos que hay frases sentenciosas que se pueden descontextualizar ''y, aún así, siguen estando cargadas de significado''.

El presentador da por finalizada su intervención agradeciendo a su antiguo alumno haberle escogido como prologuista y felicitándole por su trabajo. Ahora es él, el padre de la novela por la que estamos aquí, quien toma la palabra y la utiliza, en primera instancia, para aclarar que ''es muy difícil estar a la altura de lo dicho por Santiago'', aunque va a intentarlo. Julio César Álvarez da las gracias al público que se amontona en la pequeña librería Tres Rosas Amarillas, y a todos los que han hecho posible el nacimiento de su novela.

Según su propio autor, ''El tiempo nos va desnudando está lleno de referentes, pero no es como ningún otro libro''. César Álvarez denuncia cómo, a menudo, solemos pensar que la literatura es alta cultura y ''el rock o el pop son cultura popular''. Asegura que su novela ''está impregnada de rock'' y de referentes que todos los de su generación sentirán como propios: desde Alaska hasta Joy Division, pasando por los Sex Pistols o Duchamp. ''El pop-va cavilando el escritor-, tan propio de los americanos, es tremendamente ingenuo''. Hace una pausa, quizás tratando de asegurarse por los rasgos de nuestros rostros de que con su siguiente afirmación no va a herir sensibilidades. Luego prosigue: ''los americanos son tan ingenuos que lo dicen todo, y en el fondo, esa ingenuidad tiene mucho de profundidad''. Los españoles, en cambio, somos ‘’personas empeñadas en engañarnos los unos a los otros'', de dar vueltas a cada idea y no llegar a hablar nunca claro. En este caso, nos hallamos ante una novela pop: transparente, desnuda.


En su libro habla del Yo, ''no como algo narcisista-se precipita a aclarar-, sino que habla de todo lo que puedo conocer de mí mismo''. El autor reflexiona sobre cómo cuando la introspección es muy fuerte y miras mucho hacia dentro acabas viendo a los demás, viendo cómo son todos los demás; y a la inversa: a veces, si les observas detenidamente a ellos, te ves reflejado en lo que son. ''Es todo un juego de espejos, y creo que El tiempo nos va desnudando sirve también un poco de espejo''. O puede ser, quizás, ‘’que este libro sea como una lámina de Roschard, esas que utilizan los psicólogos y no son sino una mancha de tinta reflejada: no tienen nada, pero nos dicen cosas''.

El autor destaca tres claves esenciales que sirven para entender su novela, tres referentes fundamentales para que haya llegado a escribirla: el primero es El trópico de cáncer de Henry Miller. El segundo Menos que cero, de Breat Easton Ellis, quien le hizo comprender eso de que ''escribir es una batalla con el papel, y el papel es muy injusto'' y que, en cierto modo, ''escribir es sufrir''. Finalmente, alguien que ''entendía mejor que nadie la literatura radical, lírica y desnuda: Francisco Umbral''. Esos tres referentes, cuenta, ''me dieron 'forma' para hacer este libro''.

En cuanto a su personal forma de escribir, César Álvarez reconoce la influencia de dos grandes autores: Salinger, que con El guardián de entre el centeno ''retrata a alguien que se inicia en la vida, y al que lo que ve no le gusta...como a mí''. Y, por otra parte, La náusea de Sartre, con su idea de que en las ciudades se sufre y a la vez te sientes atrapado por su atractivo, paradoja que queda reflejada en El tiempo nos va desnudando: ''un espacio para los fantasmas que construyen la soledad moderna''.

La novela se abre con una cita de Michel Foucault, ''que decía algo así como que siempre creemos que la verdad nos la dicen más a nosotros que a los demás'', como si cada vez que alguien nos cuenta algo tuviéramos la habilidad de presuponer que la versión que nos da a nosotros, en primicia, es la importante, la verdadera. ''Yo, desde niño, siempre he tenido una cierta obsesión con la Verdad''. Por eso, en su obra habla ''del Yo sin tapujos, de sexualidad sin pudor'', para tratar así de aproximarse lo máximo posible a la verdad de quién es, de cómo siente. La contraportada dice que es un libro poemático lanzado a la caza de respuestas vitales. Aun así, su autor no pretende alcanzar con él máximas absolutas: su libro ''habla de personas, de momentos, habla de muchas cosas...pero no se propone dar soluciones''.

Aunque advierte ser consciente de que un libro nunca puede pertenecer al presente (por todo el tiempo de elaboración que implica), ''lo tiene detrás, pero lo retrata, porque el presente no es más que la suma de pasados''. Él quería ser un escritor precoz, ''como Rimbaud'', porque ''los días huyen de nosotros, no sólo nos desnudan-y aprovecha para citar a su admirado Umbral-, Francisco Umbral decía que llega un día en el que nos desnudamos tanto que acabamos en huesos y nos vamos a la tumba''. De ahí la prisa, las ganas incontenibles de crear, y de crear pronto, antes de que el tiempo nos haya desnudado por completo.

Su libro ''es un homenaje a Madrid, a esa especie de Nueva York que tenemos en el centro de la Península''. El escritor habla de cómo en el caso de Francia parece que todo ocurre en París y, aún sin ser de la capital, asegura que en España ''lo definitivo sólo ocurre en Madrid, que es tremendamente cruel al tiempo que magnética''. La ciudad que describe César Álvarez pega las suelas de los zapatos al asfalto, y aunque día tras día nos hace sufrir, nos mantiene atrapados (de ahí su mención a La náusea de Sartre). Cuando habla de sí mismo ''habla de nosotros, y de la soledad individual dentro de las grandes ciudades, que es la peor''. Una soledad que obviamos con libros, discos, películas o museos.

Para concluir con la presentación de su primera novela, Julio César Álvarez dice creer ''que este libro son pedazos que he rescatado de un naufragio, y espero que esas cosas que he recogido os sirvan a todos''.

El sonido de los aplausos se esparce por cada rincón de la librería y permanece percutiendo fuerte, intenso, durante varios minutos. El autor se ofrece a contestar las preguntas del público, pero éste parece rezagado, tímido o quizás conmovido, y calla. Después, presentador y escritor invitan a los allí presentes a un cóctel, y el reloj antiguo que marca el paso de las horas en la librería nos recuerda a todos cómo, con el movimiento de sus agujas, vamos perdiendo la ropa.

GONZALO CAÑAS: ‘’EL ACTOR ES UNA ANÉCDOTA DE LA CREACIÓN’’

















Huele a leña ardiendo. Fuera, enero es completamente blanco. Gonzalo tiene entre los dedos un cigarrillo con el que juega incesantemente, sin llegarlo a encender. Le anuncio que voy a darle al ‘rec’ y se acomoda tranquilo en el sillón. Mientras, todas sus marionetas nos miran.




IRENE FERRADAS TORRE-MARÍN

Madrid


Pregunta: Tu currículum dice que has trabajado como director, actor, productor, guionista y escenógrafo. Actualmente, llevas el ‘Teatro de Autómatas’. Pero el Gonzalo niño, ¿qué contestaba cuando le preguntaban por eso de ‘qué quieres ser de mayor’?

Respuesta: (Se ríe) ¡médico!, pero empecé a hacer teatro ya en el instituto y, aunque tampoco tenía una vocación muy clara como actor, parece que el destino me llevó a ello. Me puse a estudiar Arte Dramático, que me atraía porque era algo distinto…y porque no sabía dónde me metía.

P: Uno de los eternos debates del Arte Dramático gira en torno a si el actor debe sentir de verdad al personaje o sólo ha de interpretar. Algunas escuelas enseñan a base de machacarte, y otras despotrican contra este modelo. ¿Qué piensas tú de todo esto?

R: Yo creo que hay tantas formas de interpretar como actores. Evidentemente, siempre ha habido métodos, como el de Stanislavski. El método supone para el actor un trabajo de introspección muy fuerte para entrar en los sentimientos del personaje. A mí me parece un sistema muy válido. Aun así, un actor viene a ser casi como un enfermo: entra en unos juegos psíquicos muy extraños. Si yo quiero, por ejemplo, hacer de alguien malvado, sufrir todos los días en su pellejo crea bastante paranoia. Y, para conseguirlo, hace falta una preparación que el actor español jamás tuvo.

P: Cuando Franco murió llevabas más de diez años trabajando. ¿Notaste una renovación positiva del arte dramático, teniendo que hacer frente a cada vez menos censura?

R: No, porque la censura podía afectar a los autores, pero no al actor. La obligación del actor era, simplemente, aprenderse el papel y decirlo con sentido, y además los directores castraban-y castran- continuamente cualquier iniciativa que no estuviera dentro de su idea global. No dejan al actor que desarrolle su personalidad en la escena porque eso supondría tener que aunar, después, todos los trabajos individuales. Así, el cine español es falto de imaginación, el director no sabe de interpretación y el actor que se considera un profesional lleva grabada a fuego la frase de que debe hacer ‘lo que le echen’. El teatro de los 60 preconizó algo más: el actor ha de comprometerse con lo que hace y llevar a cabo una representación integral, sensitiva.

P: ¿Podrías elegir una de las películas en las que has trabajado?, ¿y una obra de teatro?

R: De películas quizás ‘La Celestina’, donde yo hacía de Pármeno, y en teatro ‘Rinoceronte’, de Scott, porque la dirigí y la interpreté. De todos modos, es difícil estar conforme con el trabajo de actor, porque encuentra tantas trabas para dar su producto que, cuando se integra en una obra de teatro o en una película, allí hay muy poco suyo. Se convierte en un intérprete de lo creado, pero sin calidad de creador. Decía Núria Espert, que no es sospechosa de nada porque ha sido una mujer entregada al teatro, que los actores no son artistas. Y tenía razón: el actor es una anécdota de la creación.


P: ¿Cuándo y por qué dejaste de actuar?


R: Lo dejé porque no me satisfacía el trabajo de actor, ni lo entendía profundamente. En este trabajo hay, indudablemente, una parte de vanidad. Cuando un actor sube a un escenario y suelta un speech, o está seguro de lo que está haciendo o no puede estar allí. O puede, pero haciendo trampa, que es lo normal. Además, mi personalidad no encajaba, así que-aunque fui actor profesional-mi entrega a los personajes era bastante tibia, parcial. Me retiré porque un día me encontré bostezando en escena.

P: ¿Crees que la TDT, por aquello de ofrecer tantos canales, mejora la calidad de la programación?, ¿la empeora, acaso?

R: Ni empeora ni mejora, es un medio técnico como pueden ser unos alicates. La televisión es un electrodoméstico cuya única función es ofrecer unos contenidos que sirven unas empresas. Lo que ocurre es que todas van al mismo supermercado a comprar los mismos contenidos, y su función, lejos de educar, es vender. Aunque hay cosas interesantes en la televisión, como pueden ser los reportajes, no hay dinero para tener, por ejemplo, corresponsales en los diferentes lugares en los que están ocurriendo cosas, por lo que las cadenas se acaban nutriendo de las agencias, que dan noticias enlatadas sin opinión ni crítica.
P: ¿ Cómo ves que TVE haya dejado de emitir publicidad, para emitir autopromoción?, ¿crees que es posible una televisión sin anuncios?
R: Por supuesto, me parece una maravilla, porque es un intento de promocionar uno de los componentes fundamentales de la televisión: la información veraz. Cuando decimos ‘’qué horror de televisión’’ es porque entendemos que hay otra posibilidad de hacerla bien, pero es una posibilidad fuera del mercado. TVE, al ser estatal, puede permitirse crear contenidos propios, y esto mejora la calidad: ofrecen productos de delicatessen, mientras los demás van al supermercado. La televisión estatal pretende alcanzar la imparcialidad, la no injerencia de los partidos políticos y una mejora en los contenidos.
P: ¿Qué es y cómo llegó hasta ti el ‘Teatro de Autómatas?’
R: Es una casualidad. Yo fui a verlo a un pueblo, en el año 78, porque alguien me dijo: ''hay una cosa insólita por ahí funcionando''. Cuando lo vi me resultó muy extraño. No había tenido nunca relación con los autómatas, pero siempre he sido aficionado a la mecánica y me dejó tocado.
P: Pero, ¿qué es?
R: Una barraca de feria del siglo XlX, que llegó entonces como novedad junto con el cinematógrafo, la electricidad, la fantasmagoría…todos estos inventos terminaban en la feria. Los que fabricaban autómatas querían ya entonces que se les considerara ‘creadores’, aunque lo que son es artesanos, alegando el plus añadido del autómata, que es el remedo de la vida. Una vez que lo compré, lo restauré. Al principio quería venderlo, pero alguien me sugirió que lo explotara como una atracción. Primero me negué, hasta que un día me pareció oportuno y, por probar, lo hice. Fue un éxito tan brutal que pensé que había algo más; y lo que había era, sencillamente, un espectáculo con la misma intención y preocupación que la que puede tener el teatro, el cine o la televisión, aunque con otra vida y otras propuestas.
P: ¿Se te ocurre algún deseo para el recién nacido 2010 que no se llame ‘salud’, ‘dinero’ o ‘amor’?
R: (Ríe a carcajadas. Después, se toma unos instantes para reflexionar) Sí; me gustaría que todos los políticos del mundo desaparecieran, que son los culpables de todo: de la guerra, de lo otro, y de lo de más allá .