09 marzo 2010

GONZALO CAÑAS: ‘’EL ACTOR ES UNA ANÉCDOTA DE LA CREACIÓN’’

















Huele a leña ardiendo. Fuera, enero es completamente blanco. Gonzalo tiene entre los dedos un cigarrillo con el que juega incesantemente, sin llegarlo a encender. Le anuncio que voy a darle al ‘rec’ y se acomoda tranquilo en el sillón. Mientras, todas sus marionetas nos miran.




IRENE FERRADAS TORRE-MARÍN

Madrid


Pregunta: Tu currículum dice que has trabajado como director, actor, productor, guionista y escenógrafo. Actualmente, llevas el ‘Teatro de Autómatas’. Pero el Gonzalo niño, ¿qué contestaba cuando le preguntaban por eso de ‘qué quieres ser de mayor’?

Respuesta: (Se ríe) ¡médico!, pero empecé a hacer teatro ya en el instituto y, aunque tampoco tenía una vocación muy clara como actor, parece que el destino me llevó a ello. Me puse a estudiar Arte Dramático, que me atraía porque era algo distinto…y porque no sabía dónde me metía.

P: Uno de los eternos debates del Arte Dramático gira en torno a si el actor debe sentir de verdad al personaje o sólo ha de interpretar. Algunas escuelas enseñan a base de machacarte, y otras despotrican contra este modelo. ¿Qué piensas tú de todo esto?

R: Yo creo que hay tantas formas de interpretar como actores. Evidentemente, siempre ha habido métodos, como el de Stanislavski. El método supone para el actor un trabajo de introspección muy fuerte para entrar en los sentimientos del personaje. A mí me parece un sistema muy válido. Aun así, un actor viene a ser casi como un enfermo: entra en unos juegos psíquicos muy extraños. Si yo quiero, por ejemplo, hacer de alguien malvado, sufrir todos los días en su pellejo crea bastante paranoia. Y, para conseguirlo, hace falta una preparación que el actor español jamás tuvo.

P: Cuando Franco murió llevabas más de diez años trabajando. ¿Notaste una renovación positiva del arte dramático, teniendo que hacer frente a cada vez menos censura?

R: No, porque la censura podía afectar a los autores, pero no al actor. La obligación del actor era, simplemente, aprenderse el papel y decirlo con sentido, y además los directores castraban-y castran- continuamente cualquier iniciativa que no estuviera dentro de su idea global. No dejan al actor que desarrolle su personalidad en la escena porque eso supondría tener que aunar, después, todos los trabajos individuales. Así, el cine español es falto de imaginación, el director no sabe de interpretación y el actor que se considera un profesional lleva grabada a fuego la frase de que debe hacer ‘lo que le echen’. El teatro de los 60 preconizó algo más: el actor ha de comprometerse con lo que hace y llevar a cabo una representación integral, sensitiva.

P: ¿Podrías elegir una de las películas en las que has trabajado?, ¿y una obra de teatro?

R: De películas quizás ‘La Celestina’, donde yo hacía de Pármeno, y en teatro ‘Rinoceronte’, de Scott, porque la dirigí y la interpreté. De todos modos, es difícil estar conforme con el trabajo de actor, porque encuentra tantas trabas para dar su producto que, cuando se integra en una obra de teatro o en una película, allí hay muy poco suyo. Se convierte en un intérprete de lo creado, pero sin calidad de creador. Decía Núria Espert, que no es sospechosa de nada porque ha sido una mujer entregada al teatro, que los actores no son artistas. Y tenía razón: el actor es una anécdota de la creación.


P: ¿Cuándo y por qué dejaste de actuar?


R: Lo dejé porque no me satisfacía el trabajo de actor, ni lo entendía profundamente. En este trabajo hay, indudablemente, una parte de vanidad. Cuando un actor sube a un escenario y suelta un speech, o está seguro de lo que está haciendo o no puede estar allí. O puede, pero haciendo trampa, que es lo normal. Además, mi personalidad no encajaba, así que-aunque fui actor profesional-mi entrega a los personajes era bastante tibia, parcial. Me retiré porque un día me encontré bostezando en escena.

P: ¿Crees que la TDT, por aquello de ofrecer tantos canales, mejora la calidad de la programación?, ¿la empeora, acaso?

R: Ni empeora ni mejora, es un medio técnico como pueden ser unos alicates. La televisión es un electrodoméstico cuya única función es ofrecer unos contenidos que sirven unas empresas. Lo que ocurre es que todas van al mismo supermercado a comprar los mismos contenidos, y su función, lejos de educar, es vender. Aunque hay cosas interesantes en la televisión, como pueden ser los reportajes, no hay dinero para tener, por ejemplo, corresponsales en los diferentes lugares en los que están ocurriendo cosas, por lo que las cadenas se acaban nutriendo de las agencias, que dan noticias enlatadas sin opinión ni crítica.
P: ¿ Cómo ves que TVE haya dejado de emitir publicidad, para emitir autopromoción?, ¿crees que es posible una televisión sin anuncios?
R: Por supuesto, me parece una maravilla, porque es un intento de promocionar uno de los componentes fundamentales de la televisión: la información veraz. Cuando decimos ‘’qué horror de televisión’’ es porque entendemos que hay otra posibilidad de hacerla bien, pero es una posibilidad fuera del mercado. TVE, al ser estatal, puede permitirse crear contenidos propios, y esto mejora la calidad: ofrecen productos de delicatessen, mientras los demás van al supermercado. La televisión estatal pretende alcanzar la imparcialidad, la no injerencia de los partidos políticos y una mejora en los contenidos.
P: ¿Qué es y cómo llegó hasta ti el ‘Teatro de Autómatas?’
R: Es una casualidad. Yo fui a verlo a un pueblo, en el año 78, porque alguien me dijo: ''hay una cosa insólita por ahí funcionando''. Cuando lo vi me resultó muy extraño. No había tenido nunca relación con los autómatas, pero siempre he sido aficionado a la mecánica y me dejó tocado.
P: Pero, ¿qué es?
R: Una barraca de feria del siglo XlX, que llegó entonces como novedad junto con el cinematógrafo, la electricidad, la fantasmagoría…todos estos inventos terminaban en la feria. Los que fabricaban autómatas querían ya entonces que se les considerara ‘creadores’, aunque lo que son es artesanos, alegando el plus añadido del autómata, que es el remedo de la vida. Una vez que lo compré, lo restauré. Al principio quería venderlo, pero alguien me sugirió que lo explotara como una atracción. Primero me negué, hasta que un día me pareció oportuno y, por probar, lo hice. Fue un éxito tan brutal que pensé que había algo más; y lo que había era, sencillamente, un espectáculo con la misma intención y preocupación que la que puede tener el teatro, el cine o la televisión, aunque con otra vida y otras propuestas.
P: ¿Se te ocurre algún deseo para el recién nacido 2010 que no se llame ‘salud’, ‘dinero’ o ‘amor’?
R: (Ríe a carcajadas. Después, se toma unos instantes para reflexionar) Sí; me gustaría que todos los políticos del mundo desaparecieran, que son los culpables de todo: de la guerra, de lo otro, y de lo de más allá .

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